En la costa norte del Perú, donde el viento trae rumores de sal y petróleo, se levanta una refinería que no es de acero ni de concreto, sino de sueños. La llaman Talara, y sus columnas brillan como espejismos en el desierto. Los ministros dicen que está quebrada, que su corazón late con deuda, pero los trabajadores saben que en sus entrañas arde un fuego que no se apaga.
Los parlamentarios, como mercaderes de otro tiempo, discuten si venderla. La tasan en cinco mil millones de dólares, como si la memoria de un pueblo pudiera medirse en billetes. Pero detrás de esa cifra se ocultan fantasmas: los 6,500 millones invertidos en su construcción, los 3,000 millones que reclaman los bonistas, las voces de 2,150 pensionistas que esperan justicia. Cada deuda es un espíritu que no se deja enterrar.
Si el Estado la entregara, perdería más de 7,000 millones en el corto plazo. Y el país tendría que comprar combustible a empresas privadas, pagando 750 millones cada año para que las comunidades más alejadas reciban energía. Es decir, vender sería regalar, y regalar sería condenar al Perú a depender de otros.
Petroperú no es solo una empresa: es un personaje mítico, una serpiente que se arrastra herida pero aún custodia el fuego. Quienes la llaman quebrada son como los que repiten letanías sin leer los libros sagrados: informes auditados, cifras claras, estudios que muestran que la refinería más moderna de América Latina late en nuestro suelo.
Analicemos el informe de Oscar Díaz de Tierra Adentro que nos llega desde la histórica Talara.
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